El trabajo de la operadora, intermediaria entre interlocutores telefónicos, empezó siendo una necesidad técnica y acabó creando una profesión entre la secretaría y la recepción. Las centralitas telefónicas, filtro humano al exceso imparable de comunicación, han abandonado las clavijas pero no su razón de ser.

Hasta que se inventó la centralita automática en 1891, la conexión entre dos teléfonos no podía hacerse directamente y sin intermediario, sino que era necesario que una centralita los enlazara. En las centralitas manuales la distribución de llamadas se hacía con operadoras (casi siempre eran mujeres) que enchufaban la clavija en la toma que correspondía al destinatario.

La proliferación exponencial de los teléfonos obligaba a la existencia de muchísimas centralitas y operadoras, que ejercían una labor incesante y frenética. Cuanto más larga era la distancia, más centralitas estaban implicadas, más operadoras tendrían que insertar las clavijas de la red y, en consecuencia, más tiempo había que esperar para llegar al destinatario. Las operadoras se profesionalizaron pronto y la celeridad y precisión acabaron siendo la clave de su trabajo.

Sin embargo, el uso de la centralita manual implicaba también la pérdida de privacidad, ya que las operadoras podían escuchar las llamadas o manejarlas a su antojo. Esta circunstancia fue el germen inspirador de la centralita automática.

El conmutador Strowge permitía que la persona que llamara pudiera contactar directamente con el destinatario sin pasar por la centralita manual. Esto se conseguía con un complejo selector constituido por un tambor que tenía diez hileras y cien contactos por hilera. Cada uno de estos contactos se dirigía directamente a la línea de un abonado.

En noviembre de 1892, se puso en marcha la primera centralita de conmutación automática en La Porte (Indiana). Con los años, los ingenieros de la empresa perfeccionaron la patente inicial y aumentaron la complejidad y cantidad de contactos admitidos por el conmutador (llegaron a patentar un selector de 1.000 posiciones en 1892). La centralita automática empezó a difundirse por diversas ciudades y dio el salto a Inglaterra en 1897.

El concepto de centralita automática observó nuevos inventos y progresos que avanzaban en complejidad, velocidad y prestaciones. El sistema de botones de Strowger fue abandonado con la llegada del marcador rotatorio que nos ha acompañado durante todo el siglo XX y, curiosamente, no ha sido hasta hace relativamente poco que los botones han vuelto al teléfono.

La centralita ha seguido su evolución y hoy continúa siendo un elemento imprescindible en la red de telecomunicaciones. Los equipos de transmisión y conmutación posibilitan la conexión entre las líneas de los abonados, que acaban en las centralitas, y mediante enlaces intercentrales se comunican con otras centralitas de igual o distinta jerarquía.

A pesar de la comodidad de la centralita automática, las centralitas manuales han persistido con fuerza hasta los años 60 (en España, algo más), debido a que las operadoras fueron asumiendo nuevas responsabilidades y funciones más allá de la simple conexión de clavijas. Poco a poco, muchas de estas profesionales fueron tomando carácter de secretarias de las compañías y, entre sus tareas, destacaban ciertos aspectos del trabajo administrativo de oficinas y recepciones. Esto justificó su permanencia en el sector.

El funerario que inventó la centralita

Almon B. Strowger era propietario de una empresa de pompas fúnebres en Kansas City. En 1886, decidió que, para captar más clientes, era indispensable tener una línea telefónica propia, que era una novedad. Para su sorpresa, la instalación del teléfono en la funeraria no solo no aumentó el número de clientes, sino que éstos disminuyeron. Strowger acabó descubriendo que, en la centralita manual de Kansas City, la operadora que debía conectar las llamadas a su empresa las estaba desviando a la funeraria de su marido.

Eso le llevó a buscar un sistema de conexión automática que permitiera a las personas que llamaran dirigirse exactamente a su destinatario sin tener que pasar por la arbitrariedad de una operadora. En consecuencia desarrolló un sistema de centralita automática, el conmutador Strowger, que patentó en 1891. El éxito del invento le llevó a fundar una compañía que explotara su patente, The Strowger Automatic Telephone Exchange Company, que posteriormente pasaría a ser la Automatic Electric Company.

A pesar de la relevancia del conmutador automático, Strowger acabó vendiendo la patente por 1.800 dólares. Dejó su empresa en 1896 y emigró a Florida, donde se desentendió de su invento y volvió al oficio de la funeraria. El padre de la telefonía automática murió en 1902 a los 62 años.

 

TEXTOS: MARCO BRIONI
FOTOGRAFÍAS: FUNDACIÓN TELEFÓNICA