En muchos sentidos, la sala de reunión es el lugar donde reside el cerebro colectivo de la empresa y eso implica que hay que velar porque esté cómodo y no le falte de nada. Algunas de las meeting rooms más dramáticas de la narrativa contemporánea nos sitúan ante este espacio que nos susurra, como si tuviera vida propia, cuál es la verdadera condición humana.

El título original de la película que en nuestro país se llamó “Doce hombres sin piedad” es “12 angry men”, lo que podría haberse traducido sin edulcorantes como “Doce hombres cabreados”. ¿Qué situación mantenía tan enfadados a los miembros del jurado popular que se ven obligados a decidir sobre la culpabilidad de un muchacho acusado de asesinato? La angustia derivada de la responsabilidad de su decisión que, a lo largo de la cinta, cambia de sentido lenta y dramáticamente.

 

Doce hombres enfadados y una sala de reunión

La opresiva y brumosa sala de reunión donde tienen lugar las deliberaciones del jurado es el equivalente a las salas de reuniones de toda empresa, desde que ésta se configura en la era postindustrial como un espacio de trabajo, colaboración y, lo más relevante, toma de decisiones. Y la angustia, junto con otros sentimientos intensos como la euforia, el compañerismo, la envidia o el aburrimiento, forma parte de la esencia de toda sala de reuniones.

Las meeting rooms adoptan formas muy diferentes, según las necesidades de cada compañía. Salas deliberativas de reunión apresurada en los periódicos, solemnes salas de consejos de administración en las compañías que cotizan en Bolsa, ligeros espacios dedicados al brainstorming creativo en agencias, salitas para deliberaciones rápidas y grandes habitaciones con vistas al skyline de la ciudad donde las empresas deciden su futuro.

Pueden ser habitaciones multiuso para las visitas, el café y las reuniones formales o bien salas impresionantes y siempre vacías. Hasta la Asamblea General de las Naciones Unidas se puede considerar una sala de reuniones, tan colosal como decorativa.

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En la última entrega de 007, la impresionante sala de reunión de Spectre con su mesa colosal simboliza el poder organizado del mal frente a la frescura espontánea de los nuevos formatos de trabajo. La jerarquía es cosa del pasado. Foto cortesía Eon Productions.

 

No hay dos iguales, pero todas ellas comparten dos cromosomas idénticos que se pueden identificar con Eros y Tanatos. El placer de sentirse privilegiado y el temor mortal a meter la pata y equivocarse. Todo el que ha asistido a una reunión de empresa sabe de qué estamos hablando.

Por un lado, el erotismo del poder y la capacidad de deliberar, influir y decidir el futuro del grupo. Aunque sea a pequeña escala, no todos los miembros de una compañía tienen acceso a ellas, y sentarse en sus butacas es un indudable privilegio. Por el otro, la responsabilidad de aportar, traer los deberes hechos y defender con propiedad las ideas.

Tal vez, con el objetivo de mantener el statu quo e, incluso, de promocionarse. El malote de Spectre, en las cintas de 007, siempre acababa cepillándose a un secuaz inoperante pulsando un botón que abocaba la butaca del desgraciado a un sótano rugiente o con llamaradas. Eso sí que es una meeting room dramática.

En muchos sentidos, la sala de reuniones es el lugar donde reside el cerebro colectivo de la firma y eso implica que hay que velar porque esté cómodo y no le falte de nada. Mesa, butacas e iluminación son los complementos imprescindibles de una sala bien equipada. Añadamos un equipo de proyección conectado a internet para celebrar videoconferencias y tenemos la sala del siglo XXI.

La mesa es el elemento primordial y, sea cual sea su configuración, mantendrá una cabecera cuando sea necesario marcar la jerarquía, o devendrá redonda, como en la leyenda artúrica, para resaltar la igualdad de sus miembros. Un detalle, el de su forma, que no es baladí, ya que configura incluso cómo van a discurrir los encuentros profesionales allí dentro. Además, la calidad de la mesa, de las butacas y de los equipos técnicos habla con exactitud de la salud e importancia de la compañía. Es un mensaje en forma de espacio sobre lo que se puede esperar de la empresa y también de sus cuadros (véanse, por favor, las salas de reuniones que aparecen en nuestra revista, tan distintas y, sin embargo, tan iguales). Tal vez, aquellos doce hombres estaban enfadados porque les obligaban a deliberar en un espacio inapropiado.

Ahora que nos hallamos inmersos en plena transformación del espacio físico de trabajo, cuando se valora el espíritu de colaboración, la retención del talento y la creatividad por encima de todas las cosas, parece que la erótica de la reunión de los lunes por la mañana se ha marchitado un poco. Los encuentros improvisados y las ágoras escalonadas quieren sustituir a la vieja salita de toda  la vida, amenazando el futuro de las mesas de reuniones y con ello a las empresas especializadas en este noble artilugio.

Pero no nos confiemos. La sala de reuniones siempre estará allí mirándonos amenazadora mientras está vacía (la mayor parte del tiempo) para recordarnos que somos una pieza del engranaje y que no debemos relajarnos.

 

TEXTO: MARCEL BENEDITO